15 de julio de 2014

El conejo.

El conejo está muerto. Nació triste y se murió.

Con los ojos blancos, las patas chuecas y la cola sin pelo, el conejo ya no quiso vivir.
La abuela lo echó a la basura, como sino sirviera, como si fuera papel. Hijo sin piel,  fervoroso sin dios. ¿Por qué te fuiste sin avisar? No dejaste de comer, no llorabas, no te agusanabas, simplemente te moriste. ¡Pinche conejo! Nunca me dejaste tu nariz tocar. Te odio por morder mi labio, por destruir tu nido, por ser un pinche conejo sin amo ni razón.

Con las orejas rotas, los ojos salidos y la sangre molida, te moriste. Papá no me dejo enterrarte, mamá no me dejo tocarte y mi hermano se burló por las lagrimas que te derramé. Aquella tarde eché a correr cuando te pusieron en una bolsa, pateé al perro, le escupí a la puerta y no regresé hasta al anochecer. Y cuando por fin me pude recostar en la cama, no parabas de gemir, de retorcerte, de agusanarte entre la basura solo para no dejarme dormir. Bastardo. Ni entre la mierda me pediste ayuda.  

Me alegra ya no verte, que bueno que te moriste, ya no tengo que alimentarte, limpiarte, ni contarte esos estúpidos cuentos antes de dormir, ninguno, ni siquiera el del Escarabajo en la montaña, aquel que escuchabas con tanta atención.

Se acabaron los arrullos, las canciones, las preocupaciones. Pinche conejo, tan solo nació triste y se murió.


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