10 de octubre de 2014

Desconocidos.

Hacía días que no veía a Luisa, la última pelea nos hizo darnos cuenta que algo ya estaba roto entre los dos, al principio es difícil creer, una relación tan fuerte se desvaneció como si todo lo pasado no importara. Uno piensa que los finales deben de ser largos y dolorosos para compensar los tiempos de alegría, pero la verdad es que nuestro final fue igual de espontáneo que nuestro inicio. Ya ambos estamos tomando rumbo, cada uno va forjando su vida y ninguno de los dos tiene planes para el otro.

Toqué el timbre a eso de las dos de la tarde, le prometí a Luisa pasar por mis cosas después del trabajo. Tuve que llamar dos veces más,  nadie abría, tiempo después escuché pasos acercándose a la puerta, me abrió su amiga Rosario, la reconocí fácilmente aunque era la primera vez que nos presentamos. Luisa me habló en varias ocasiones de la gran mujer que era él, así que no se me dificultó identificar al único transexual que pretende ser la roomie de mi exnovia.

Rosario me recibió con una ligera sonrisa, ella sabía de la situación y no quiso entrometerse, yo le contesté el saludo pero ella se adelantó hacía el corredor y me pidió que cerrara la puerta, accedí sin prisa y luego apresuré el paso para alcanzarla, no pude evitar ver su torneada figura, tenía un culo gordo y bien formado que lograba presumir con la sutileza de su cadencia al caminar, su falda roja hacía resaltar el color trigueño de sus piernas, aquella visión me dejó verla como una mujer, sentimiento extraño que sigo sin poder explicar del todo.

Ese departamento siempre fue de mi agrado, era muy espacioso, un gran ventanal lograba iluminarlo todo, especialmente en verano. Rosario me invito a tomar asiento en la sala, noté que su entallada blusa hacía resaltar sus grandes y duros senos. Entre su escote sobresalía un detalle color rosado de su sostén, ella se dio cuenta de mi distracción, me dirigió una mirada como la que una mujer madura le hace a un adolescente ante la excitación del ingenuo. No pude hacer más que darle las gracias y sentarme en el sofá, ella me explicó que Luisa había salido para comprar una caja más grande, pues mis pertenencias no cabían donde las puso.

Pasaron varios minutos y el silencio se apropió del departamento, de vez en cuando Rosario salía de su habitación para tomar algo de la cocina y volvía a desaparecer, en cada ocasión cuando ella pasaba, me miraba y me hacía una mueca de coquetería con sus labios.

El aburrimiento me hizo fantasear con Rosario, con su enorme culo hipnotizante al caminar, sus tremendas tetas capaces de acurrucar a un desvalido, y sus labios como gajos cítricos que al combinarse con sus ojos pardos seguro me harían una buena felación.

Las ganas de tener sexo se me escurren hasta el hueso, me levanto de mi lugar y me decido a ir al cuarto de Rosario, los nervios me enjuagan las manos. Estoy a punto de llamar a su puerta, pero el miedo me detiene, me dice que soy un imbécil y que no voy a lograr enfrentarme al resto, su carne, pues ella no deja de ser él. Y cuando levanto el puño para tocar la puerta el sonido de unas llaves me distrae, no logro reaccionar lo suficiente para detener mi movimiento y rozo la puerta. Luisa llega y casi al mismo tiempo Rosario sale de su habitación, y ahí estoy yo, un ridículo entre dos mujeres, que no sabe qué hacer ni decir. Luisa me mira inquisitiva, pero antes de que logre decir algo Rosario se le adelanta: Qué bueno que llegas, aquí el joven ya se está aburriendo. Luisa no habla, me muestra la caja y me hace una señal para que la acompañe, entramos a la recámara principal y veo mis cosas sobre su cama, la ayudo a guardarlas en la caja.

No hicimos una despedida larga, puse la caja debajo de mi brazo izquierdo y  abracé a Luisa con el derecho, a nuestro tacto pude sentir la belleza de su cuerpo y el olor tan fresco de su cabello, cerré los ojos, disfruté nuestro adiós como lo único que nos quedaba, le di las gracias y no la miré de nuevo. Salgo del cuarto y  camino hacia la puerta, Rosario está en la cocina, me mira, aprieta los labios y me hace un ademán con su mano derecha simulando un teléfono, yo la ignoro, mi boca tiene un sabor amargo como si supiera que ya no hay nada de que hablar. Ahora Luisa y yo tenemos la misma relación que la de un par de desconocidos, cierro la puerta del departamento, camino por la calle, no tengo ganas de volver a verlas.

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