29 de diciembre de 2014

Lectura # 12 “El pozo y el péndulo” Edgar Allan Poe



1001 libros que leer antes de morir.
Número en la lista: 96

Hasta aquí llega el año, Poe, el gran escritor que me enganchó por su crónica, un artista del clima y la mente. Leo el cuento pensando que mínimo abría que agregar a la lista “El corazón delator”, pero esa es mi opinión. Leí al maestro con un sabor bastante amargo como si bebiera café, lo digo como halago. Poe llegó a mí por recomendación, una bella recomendación de alguien importante en mi vida, y me fue sugerido para que cambiara un poco mi perspectiva sobre la forma en que leo, y sí funcionó. Así que para ser honesto está entrada me la guardo, diciendo gracias por el año, gracias por la vida y la compañía, gracias, yo agradecido relatando un poquito de lo siguiente:

Estábamos los dos, buscando, pensando, qué comprar, qué leer, Camus, Poe, Austen, Miller, siendo eso lo de menos, lo importante era nuestra presencia, juntos en una librería discutiendo letras entre palabras cortas por no querer decir te amo, rodeados de papel cultural, de mujeres ostentosas, de trabajadores amargados. Ahí, siendo nosotros, queriéndonos a nuestra manera pequeña e inmadura pero al fin nuestra manera, y así éramos los dos, nosotros dos en una librería, estando estábamos hasta que el libro terminó. Gracias por darme qué leer.

Con esto tan catártico dejo aquí unas citas del tan mentado Poe en el Pozo y el péndulo:

“La sentencia, la espantosa sentencia de la muerte, fue la última frase claramente acentuada que llegó a mis oídos. Después, el sonido de voces inquisitoriales pareció sumirse en el zumbido indeterminado de un sueño”

“Al fin, mi cuerpo quemado y retorcido no tuvo sino una pulgada bajo los pies en el suelo de la prisión. No luché más, pero la agonía de mi alma halló salida en un grito alto, prolongado y final de desesperación. Sentí que me tambaleaba en el borde del abismo y aparté la mirada…”

El corazón delator:

“Repentinamente oí un ligero gemido, y supe que era el gemido de un terror mortal. No era un gemido de dolor o de pesar, no. Era el sonido quedo y ahogado que surge del fondo del alma cuando está sobrecargada de espanto. Yo conocía muy bien ese sonido.”

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