20 de enero de 2015

Método.


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15 de enero de 2015

Lectura #13 “Azul casi transparente” Ryu Murakami

1001 libros que leer antes de morir.
Número en la lista: 700

El primer libro del año. Entre tropiezos y suciedad me doy cuenta de que soy una persona muy feliz, sin quejas ni resentimientos, sin frustraciones, haciendo lo que quiero a mi manera y cumpliendo poco a poco mis sueños.
Actualmente trabajo en un bar, entregando cerveza a gente que tiene ganas de divertirse y pasar el rato, me divierte mucho estar ahí, todo es muy tranquilo pero punzante por presión de cuidar el dinero y las cuentas, pero da igual, el ambiente de los bares es algo que me agrada en demasía, el estar ahí me da más ideas y experiencias visuales, y se convierte en un camino de inspiración para lo que escribo en mis narraciones sobre mi vida y la vida de la gente que me rodea.

Este libro, es un libro que comparte las satisfacciones del inicio de año. Es una pieza que no juzga y que relata la existencia de un hombre que logró parar el mundo para darse cuenta de su lugar en la vida. Un hombre que alcanzó la madurez después de caer en el abandono, lleno de reflexión y entendimiento, le recomiendo a aquel que lo quiera leer que no deje que las descripciones de los actos solapen la intención global de lo que Murakami nos quiere transmitir, eso solo es un pretexto para explicar lo que logró ver en el azul casi transparente que lo llevo a ser el que es ahora.

Les dejo unas citas del libro:

“Puso el perfumado cigarrillo en mi boca, me preguntó rápidamente algo que no entendí y cuando asentí, pegó su cara a la mía y chupó mi saliva, luego empezó a menear las caderas. Jugos resbaladizos caían de su entrepierna, mojándome los muslos y el vientre.”

“Afuera, el húmedo escenario parecía apacible. Sus inciertos contornos recogían gotas de lluvia, y las voces y los sonidos de los coches tenían sus filos como suavizados por las plateadas agujas de la lluvia. La oscuridad exterior parecía tragarme. Era opaca y húmeda como una mujer tumbada, sin fuerzas, después del amor.”

“Los finos dedos de Lilly sostenían un cigarrillo; tapó la lámpara de alcohol para apagarla. La sombra gigante de la pared se extendió por un momento por toda la habitación y luego se reabsorbió y desapareció como un globo pinchado con un alfiler. Las sombras más pequeñas y densas proyectadas por la bombilla del techo se la tragaron.”

5 de enero de 2015

Hembra sola.



Viajamos por la carretera hasta que la madrugada penetró en el auto, decidimos orillarnos antes de que alguno de los dos se quedara dormido al volante, preferíamos llegar al funeral de mi madre vivos que de anfitriones. A menos de un kilómetro vi una gasolinera, manejé despacio para no perder rumbo, al poco tiempo llegamos, me sentía más cansado de lo que pensaba, estacioné frente a una abarrotera  en medio de la gas y un motel,  dejé dormir a Luisa mientras preguntaba por un cuarto, caminé lento, hacía frío y los pies me pesaban.

No hay nadie. Toco la campanilla del recibidor pero nadie aparece. Mediocres. Camino hacia la tienda, una mujer  me atiende, sus manos parecen un par de mazos y tiene cara de perro, me da asco su mirada. Tengo hambre pero solo le compro un cigarro, -¿Sabe del cuarto?- le pregunto – ¡Carla! grita la vieja, escucho un carraspeo y por detrás de una cortina floreada la tal Carla aparece, mujer pálida y delgada, sus pezones chorreantes de leche se marcan en su vestido ligero - Ciento cincuenta sin oral- no da más explicación. Pendeja. Le doy doscientos y le negocio la noche para que nos deje en paz a Luisa y a mí hasta que amanezca, la mujer acepta con una rabieta como si prefiriera que me la coja, tomo la llave del cuarto y me voy.

Saco las cosas de la cajuela y despierto a Luisa, ella apenas reacciona,  camina como sonámbula, se muere de sueño, yo también, abro la puerta del cuarto, un leve olor a sudor invade la habitación, recuesto a Luisa en la cama pero solo le quito los zapatos y los lentes, no quiero que toque nada, pareciera que con solo mirar el cuarto te puede dar una infección.

Pasa una hora. Tengo migraña., no puedo dormir, el olor se ha vuelto insoportable, salgo del cuarto, enciendo el tabaco para quitarme de encima esta sucia sensación, me recargo sobre la puerta y me siento, solo me queda mirar el horizonte.

Una hora más. Dan las tres y media, la noche sigue siendo noche. Un camión  cargado con decenas de marranos semimuertos  se aparca junto a la gas, de la cabina baja un chaparro barbón y mugroso que camina hasta la abarrotera, se rasca la panza y luego entra, a los pocos segundos la flaca horrible y el enano salen de la tienda dirigiéndose al cuarto contiguo al nuestro, cuando se acercan ella me ignora y él me lanza una mirada de orgullo, se va coger a la más bonita que se ha visto en medio de la nada. Que asco. De tan solo imaginar a esos dos monstruos masturbando su soledad se me quita el dolor de cabeza, par de abandonados que gimen entre sudor y cucarachas, no puedo evitar escuchar los resoplidos del enano, perro sarnoso teniendo sexo con una embramada. Quiero vomitar, es el sueño.

Amanece. Las primeras líneas de sol se hacen notar, me quiero largar de aquí, escucho un pequeño grito, es Luisa, me levanto asustado y entro al cuarto, me mira espantada, no sabe donde está, -Tú manejas- le digo mientras tomo la maleta y salgo de la habitación, ella corre atrás de mí, el camionero está afuera de su cuarto sin camisa, no veo a la pálida,  escupe en el suelo y se me queda viendo, yo solo abro la puerta del auto y me recuesto en el asiento del copiloto,  Luisa no dice nada, nota mi enojo y cansancio, enciende el auto, el hombre la voltea a ver, ya nunca se va a saborear a la puta de la abarrotera de la misma forma. Me quedo dormido. 

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