5 de enero de 2015

Hembra sola.



Viajamos por la carretera hasta que la madrugada penetró en el auto, decidimos orillarnos antes de que alguno de los dos se quedara dormido al volante, preferíamos llegar al funeral de mi madre vivos que de anfitriones. A menos de un kilómetro vi una gasolinera, manejé despacio para no perder rumbo, al poco tiempo llegamos, me sentía más cansado de lo que pensaba, estacioné frente a una abarrotera  en medio de la gas y un motel,  dejé dormir a Luisa mientras preguntaba por un cuarto, caminé lento, hacía frío y los pies me pesaban.

No hay nadie. Toco la campanilla del recibidor pero nadie aparece. Mediocres. Camino hacia la tienda, una mujer  me atiende, sus manos parecen un par de mazos y tiene cara de perro, me da asco su mirada. Tengo hambre pero solo le compro un cigarro, -¿Sabe del cuarto?- le pregunto – ¡Carla! grita la vieja, escucho un carraspeo y por detrás de una cortina floreada la tal Carla aparece, mujer pálida y delgada, sus pezones chorreantes de leche se marcan en su vestido ligero - Ciento cincuenta sin oral- no da más explicación. Pendeja. Le doy doscientos y le negocio la noche para que nos deje en paz a Luisa y a mí hasta que amanezca, la mujer acepta con una rabieta como si prefiriera que me la coja, tomo la llave del cuarto y me voy.

Saco las cosas de la cajuela y despierto a Luisa, ella apenas reacciona,  camina como sonámbula, se muere de sueño, yo también, abro la puerta del cuarto, un leve olor a sudor invade la habitación, recuesto a Luisa en la cama pero solo le quito los zapatos y los lentes, no quiero que toque nada, pareciera que con solo mirar el cuarto te puede dar una infección.

Pasa una hora. Tengo migraña., no puedo dormir, el olor se ha vuelto insoportable, salgo del cuarto, enciendo el tabaco para quitarme de encima esta sucia sensación, me recargo sobre la puerta y me siento, solo me queda mirar el horizonte.

Una hora más. Dan las tres y media, la noche sigue siendo noche. Un camión  cargado con decenas de marranos semimuertos  se aparca junto a la gas, de la cabina baja un chaparro barbón y mugroso que camina hasta la abarrotera, se rasca la panza y luego entra, a los pocos segundos la flaca horrible y el enano salen de la tienda dirigiéndose al cuarto contiguo al nuestro, cuando se acercan ella me ignora y él me lanza una mirada de orgullo, se va coger a la más bonita que se ha visto en medio de la nada. Que asco. De tan solo imaginar a esos dos monstruos masturbando su soledad se me quita el dolor de cabeza, par de abandonados que gimen entre sudor y cucarachas, no puedo evitar escuchar los resoplidos del enano, perro sarnoso teniendo sexo con una embramada. Quiero vomitar, es el sueño.

Amanece. Las primeras líneas de sol se hacen notar, me quiero largar de aquí, escucho un pequeño grito, es Luisa, me levanto asustado y entro al cuarto, me mira espantada, no sabe donde está, -Tú manejas- le digo mientras tomo la maleta y salgo de la habitación, ella corre atrás de mí, el camionero está afuera de su cuarto sin camisa, no veo a la pálida,  escupe en el suelo y se me queda viendo, yo solo abro la puerta del auto y me recuesto en el asiento del copiloto,  Luisa no dice nada, nota mi enojo y cansancio, enciende el auto, el hombre la voltea a ver, ya nunca se va a saborear a la puta de la abarrotera de la misma forma. Me quedo dormido. 

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