17 de marzo de 2015

Espíritu Santo.



A punto de bajar, la mujer se quitó los audífonos y con voz dulce me dijo que faltaban dos pueblos más antes de llegar a Espíritu Santo. Tenía bonitos ojos, oscuros, casi negros; una cintura amplia y cabello negro. Tomó su mochila y un bolso pequeño muy colorido, me sonrío y me dio los buenos días. Le di las gracias.

La carretera era pesada, muy estrecha. Llena de curvas. Pero el viaje fue rápido, no paraba de pensar en otros tiempos, con otros sueños y alegrías. No queriendo regresar, pero extrañando.

Un asiento adelante una niña canta alguna tonada escolar, su padre ríe de vez en vez, pero le hace callar cuando alza demasiado la voz. No paro de ver por la ventanilla, me gusta observar a los caminantes, las tiendas viejas, las casas grises. Todo contrasta, incluso el bosque. Tonos del invierno recién partido, verdes de la presente primavera. El paso y la llegada.

Me da un poco de sueño, me asusto. No puedo quedarme dormido, tengo miedo de perderme y no saber cómo regresar. Saco de mi morral una manzana, la como lentamente, está vieja y sabe a cartón. Ya es costumbre el sabor. Siempre olvido fruta entre mis cosas, se arruga y la como sin pensar, sin queja.

Me quedo dormido.

Cuando despierto el camión está aparcado. Sudan mis manos, me levanto y hablo con el conductor que está afuera del camión platicando con otro hombre. Le pregunto por Espíritu Santo. Te pasaste un pueblo - me dice - son como 20 minutos caminando sobre la carretera. Regreso por mis cosas, bajo del camión y parto de regreso. Hace frío. A lo lejos veo la iglesia del pueblo, alta y blanca, miro hacía ambos lados antes de cruzar la carretera y subo corriendo, la gente me mira. Me sigo caminando por la calle principal cuando veo una fonda, le pido café a la tendera. No tiene, solo en polvo. Lo acepto y lo espero. Me lo da casi frío, no es su culpa, la temperatura está baja. Lo bebo rápido, le doy diez pesos, y me despido.

Fuera hay dos muchachas, una es muy guapa, pero muy joven, les pregunto por Villa Ante, se sonríen y solo alzan el dedo señalando en dirección a una calle, no digo nada, alzo la mano en despedida y continuo caminando.

Pasan quince minutos, el aire se humedece olor a pino, un poco de niebla. Escucho el sonido de un hacha. Veo a un hombre en camisa de franela y pantalón de mezclilla cortando leña, le pregunto por la calle y por mi amigo. Me dice que es por el otro lado, bajando la colina, nada más, se prende un cigarro y sigue trabajando.

Diez minutos más. Ya la veo. La casa es pequeña y de madera, hay varios perros sobre la azotea muy inquietos. Grito: ¡Buenas tardes! Hugo se asoma por la ventana, abre la puerta y me recibe con una sonrisa.

Ya llegué. Me invita una cerveza. 

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