28 de julio de 2015

Vestida.

Coral tiene buena teta, me cuenta que se inició en esto de las operaciones cuando cumplió veintiuno. “Primero andas guapa pero incomoda, algo te pide más, te ves los cachetes, la nariz. Quieres que el vestido te apriete de buena y no por gorda.”

Ella habla y habla sin parar, no me molesta pero nunca supe cuándo me agarró tanta confianza. “Tú estás bueno…” Me dice, “Tú y yo nos veríamos guapos, pero estás chaparro, eso de que te gusten las viejas te lo curo, pero… lo chiquito. Ay no… Y luego ayer andaba pedisima. ¡Qué horror! me ves correr como idiota para alcanzar el metro y con un tacón roto. ¡Imagínate que me hubiera caído!,  un policía me hubiera agarrado y  seguro hasta salgo embarazada. ¿Luego  cómo le digo a mi mamá que me desquintó un cualquiera?”

No entiendo en dónde le cabe tanta tontería, apenas nos vemos saca algo de la nada, un día mientras fumábamos un cigarro me dijo muy seria: “Yo seré bien puta. Pero sí soy creyente…” Me reí tanto que empecé a toser, “¡Ándale cabrón, síguele! Ya no te voy a contar mis cosas, na’ más me agarras de cotorreo.” Esa vez se enojó un poquito, pero se le fue rápido.

Creo que mañana nos vamos a encontrar, prometió presentarme a sus amigas de la estética en la que trabaja, “…igual y te ligas a una que no sea lencha.” Me dice la muy ojete. Pero bueno, ya veremos.

13 de julio de 2015

Polilla.

La que atiende la librería de viejo tiene cara de ametralladora, pero la semana pasada me di cuenta de sus ojos.

Compré “Aura” de Carlos Fuentes, es la primera vez que les negocio algo, la librería ya está abierta cuando regreso de correr, y una vez pos semana me dedico husmear y perder el tiempo. Todos sus pasillos tienen un olor húmedo y picante que delata a las carroñeras, comprar algo allí equivale a ser un promiscuo sin condón. Plaga segura. En menos de un año todos mis libros estarían muertos por la infección.

Fue hasta la semana pasada que llegó un lote sano, sin mancha ni olor. Regresaba del parque cuando vi los paquetes, tres cajas pegadas en la entrada de hierro, carne virgen para las hambrientas.
Pedí permiso al dueño para revisarlas, es un viejo bonachón y sonriente, “Aprovecha, aprovecha…” me dijo. Decepción. Cuarenta kilos de superación personal, lo único brillante entre tanta carne de cañón era Aura. Creo que tomé el libro por sentir lastima al pensar en su destino, y no por las ganas de leerlo.

“¿Cuánto por Aura?” Tanto. “Le doy tanto…” Trato. Ella fue la que recibió el dinero, tiene las manos huesudas y pálidas, es muy delgada. Me regresó diez pesos por cambio, al darle las gracias la miré a los ojos: Grandes y brillantes, color miel. Se extrañó de mi sorpresa y juntó las cejas, reaccioné, para no hacer un ridículo, sonreí, alcé la mano y me despedí.

Hoy ando pensando en volver a la librería, pero no sé si lo quiero hacer por los libros o por sus ojos. 

Entradas Destacadas...