30 de julio de 2015

Duelo.

Tenemos miedo, estamos inundados de él. Pareciera que ella a veces se olvida de todo y sólo deambula día y noche entre sus libros y la calle. Dejó de trabajar, le exige dinero a su padre, dice que es lo menos que debe hacer después de que las abandonara… No me gusta, se vuelve violenta, irreconocible.

La veo triste, más delgada, abandonada en derrota y rabia. Esto se está terminando, sé que pronto y sin avisar las cosas van a cambiar. Ella, yo, nosotros. Hace días que no menciona su enfermedad, ya no quiere hablar sobre ella, sobre lo inevitable. Está soltando la amarra de la necedad, quiere decir adiós.

Yo soy un imbécil, tan quieto, inútil, no sé si vale la pena la porquería de mundo que me quiere quitar la prenda más bella e importante de mi persona. Me apropié de ella y no va durar ni media vida. ¿Para qué seguir persiguiendo eso que quiero, esos estúpidos sueños sino los voy a poder compartir con ella? Escribir, leer, enseñar, basura, basura…

Ahora sus sonrisas son más honestas, ríe con el ladrido del perro, con la brisa sobre las plantas, con mis estornudos, con invisibles cosas que sólo ella logra ver.

A veces por la madrugada me siento en la cama y lloro, la mierda se disfraza en tiricia y me baña de soledad, no quiero ver morir el alma más viva que he conocido. Estoy seco. Me siento inservible. Perdido.

28 de julio de 2015

Vestida.

Coral tiene buena teta, me cuenta que se inició en esto de las operaciones cuando cumplió veintiuno. “Primero andas guapa pero incomoda, algo te pide más, te ves los cachetes, la nariz. Quieres que el vestido te apriete de buena y no por gorda.”

Ella habla y habla sin parar, no me molesta pero nunca supe cuándo me agarró tanta confianza. “Tú estás bueno…” Me dice, “Tú y yo nos veríamos guapos, pero estás chaparro, eso de que te gusten las viejas te lo curo, pero… lo chiquito. Ay no… Y luego ayer andaba pedisima. ¡Qué horror! me ves correr como idiota para alcanzar el metro y con un tacón roto. ¡Imagínate que me hubiera caído!,  un policía me hubiera agarrado y  seguro hasta salgo embarazada. ¿Luego  cómo le digo a mi mamá que me desquintó un cualquiera?”

No entiendo en dónde le cabe tanta tontería, apenas nos vemos saca algo de la nada, un día mientras fumábamos un cigarro me dijo muy seria: “Yo seré bien puta. Pero sí soy creyente…” Me reí tanto que empecé a toser, “¡Ándale cabrón, síguele! Ya no te voy a contar mis cosas, na’ más me agarras de cotorreo.” Esa vez se enojó un poquito, pero se le fue rápido.

Creo que mañana nos vamos a encontrar, prometió presentarme a sus amigas de la estética en la que trabaja, “…igual y te ligas a una que no sea lencha.” Me dice la muy ojete. Pero bueno, ya veremos.

27 de julio de 2015

Res.

Andrés era irreconocible cuando se drogaba, monstruoso y vomitivo, enemigo del mundo. Siempre lo odié cuando mascaba o se inyectaba, pero nunca lo abandoné. Él fue el único amigo que tuve durante dos años. Robaba libros que luego me regalaba, así me educó sobre Márquez, Saramago, Sabines. Era un hermano mayor aunque yo fuera el más grande. No me dejaba faltar a clases o cualquier otra cosa que él hacía, me decía que yo sí lograría hacer “cosas” y que podría ser más listo que muchos… si quisiera.

Era de baja estatura, fuerte y de piel rojiza. Trabajaba muy cerca del canal, los camiones llegaban a media noche y a las cinco todo tenía que estar descargado. Muchas veces su presencia olía a cebo, y sus manos estaban manchadas de sangre coagulada, negra. Carne muerta sobre sus hombros toda la noche, todos los días.

Los tiempos más felices eran cuando hablábamos de libros, decía que todo era una estupidez, pero “…lo libros no dejan que los ojetes nos maltraten”, sí, eso decía, y ahora que lo pienso tiene razón.

Nos perdimos la pista cuando embarazó a una muchacha, nunca se juntó ni enamoró, y cada día le tomaba más desprecio a la vida, y un día, él ya no estaba. Dicen que la bestia triste regresó preguntando por mí, no les creo, sé que desapareció para que yo no terminara en la misma mierda que él, prefirió hundirse solo, porque toda su mala influencia siempre me tuvo fe, siempre estuvo conmigo.

20 de julio de 2015

Cruz.

El sábado que caminamos hacia el riachuelo, sobre una de las bajadas muy cerca de una pendiente está la ofrenda. Nombre, fecha de nacimiento, muerte. Con la costumbre de ver tantas en las calles y carreteras, aquí en el campo no se nos hace raro ver una igual. Es una cruz blanca, de hierro, la niña tenía dieciséis años cuando falleció.

La gente cuenta que murió a golpes. Ella se emparejó con un alguien de otro pueblo durante la fiesta de Santa Úrsula, los vieron irse después de las diez de la noche, se escondieron entre lo negro de los árboles. El alcohol lo excitó y lo puso violento, ella no sabía si eso era normal, pero no le gustó, lo rasguñó y  gritó. Él, le rompió el cráneo para intentar violarla. No hizo nada. La hallaron a la mañana siguiente, vestida y boca abajo en la ladera. Despeinada, fría, vacía.

Cuatro años después ya es una leyenda. Los más jóvenes cuentan apariciones de una mujer de blanco, sobre escuchar gritos y espantos. Los más grandes señalan a un culpable, un hombre joven que vive a quince minutos del pueblo, su familia es de terrenos y camionetas, dicen que les fue fácil sobornar a la policía.

En poco, a la gente no le queda más que “olvidar”, y así se queda, en puro contar, en pura leyenda. 

16 de julio de 2015

Anuncio.

Tiene un cicatriz en la espalda, pequeña, apenas visible como un lunar. Le pregunté de manera ingenua “¿… y eso?” Con el dedo pulgar acaricié la marca. Tomó mi mano y se abrazó con ella.

Le inyectaron una aguja en su columna para extraer médula, querían confirmar y detectar el avance de la enfermedad. “Duele mucho, ¡cabrones! Estar allí desnuda, oliendo a medicina, escuchado sus murmullos y tonterías médicas… tienes ganas de ya no seguir, de que todo acabe ahí.”

 La citaron en el hospital un miércoles en la mañana, tuvo que faltar a uno de sus ensayos finales de danza. Vive sola en la ciudad desde que cumplió veinte, así que nadie la acompañó. 

Presentar papeles, sentarse, esperar. El médico fue rápido, insensible. Frío. Explicó sus posibilidades de vida, el tratamiento, lo malo, sólo lo malo y le recomendó un psicólogo de la institución. Procedimientos y datos, puro número.   

Lloró mucho los primeros meses después del tratamiento, aún lo hace, pero no tanto, creo que antes lo hacía por tristeza, hoy veo que su llanto es de enojo y frustración  por la falta de fuerza para hacer las cosas. 

Cada día la veo más distante, me causa ansiedad no saber qué va pasar con ella, con nosotros, conmigo.

13 de julio de 2015

Sepelio.

Sepelio.

Polilla.

La que atiende la librería de viejo tiene cara de ametralladora, pero la semana pasada me di cuenta de sus ojos.

Compré “Aura” de Carlos Fuentes, es la primera vez que les negocio algo, la librería ya está abierta cuando regreso de correr, y una vez pos semana me dedico husmear y perder el tiempo. Todos sus pasillos tienen un olor húmedo y picante que delata a las carroñeras, comprar algo allí equivale a ser un promiscuo sin condón. Plaga segura. En menos de un año todos mis libros estarían muertos por la infección.

Fue hasta la semana pasada que llegó un lote sano, sin mancha ni olor. Regresaba del parque cuando vi los paquetes, tres cajas pegadas en la entrada de hierro, carne virgen para las hambrientas.
Pedí permiso al dueño para revisarlas, es un viejo bonachón y sonriente, “Aprovecha, aprovecha…” me dijo. Decepción. Cuarenta kilos de superación personal, lo único brillante entre tanta carne de cañón era Aura. Creo que tomé el libro por sentir lastima al pensar en su destino, y no por las ganas de leerlo.

“¿Cuánto por Aura?” Tanto. “Le doy tanto…” Trato. Ella fue la que recibió el dinero, tiene las manos huesudas y pálidas, es muy delgada. Me regresó diez pesos por cambio, al darle las gracias la miré a los ojos: Grandes y brillantes, color miel. Se extrañó de mi sorpresa y juntó las cejas, reaccioné, para no hacer un ridículo, sonreí, alcé la mano y me despedí.

Hoy ando pensando en volver a la librería, pero no sé si lo quiero hacer por los libros o por sus ojos. 

12 de julio de 2015

Guzmán.

Él, ese que se cree “gobierno” ya se pasó de gracioso, le gusta ser un comediante que camina tirando baba, que no sabe jugar y siempre cambia las reglas cuando está a punto de perder. Le gusta contar chistes malos, reírse, y desaparecer al que no le encontró la gracia. Este monstruo es un alebrije con piernas de prostitución, manos asesinas, corazón de piedra, cola de fusil, y con cerebro de corcho. Se amamanta de petróleo, no sabe hablar, no dice “Por favor” ni “Gracias.”

¡Y el acto comienza! Se coloca su gorro de mono “cilindrero”, le entrega la limosna a su dueño y a cambio le dan papitas y cacahuates, se rasca el ano lleno de caca y se lo mete a la boca para saber si todavía sirve. Y hoy, hace unas horas nos volvió a contar el mismo chiste, con la misma ropa y ademán, eso sí, fue desde otra cárcel, más bonita supongo.

Y aquí la última parte: Cuando nos toca aplaudir, el único que se empieza a reir es Jacobo, ¡ah! y obvio… también el que se fugó.          

11 de julio de 2015

Atropellado.



Se crió entre drogadictos. Roba y nunca se baña. Le dicen “El Junto” por ser jorobado. Vive al otro lado del callejón, entre Cárdenas y Lorenzo. Se pasea en su bicicleta dando vueltas en la colonia, su perro siempre lo sigue, estropajo de treinta centímetros, grisáceo, sucio, son como gemelos. Siempre que el cabrón me ve se hace el macho y me pide dinero, cinco pesos para un taco, una torta. Le doy un peso a lo mucho, llevamos años con el mismo ritual.

Hace tres semanas mataron a su perro, por el calor se acostó debajo de la sombra de un diesel aparcado, el monstruo traía la jaula llena de naranjas, cuando se echó en reversa partió en dos al animal. Al chofer ni le interesó, sacó medio cuerpo por la ventana para revisar sus llantas, no vio nada, prendió su estéreo y agarró rumbo. 

“El Junto” encontró el cuerpo como a los veinte minutos, “…te dije que no te salieras.” repetía varias veces, como pudo lo subió a una tabla y se lo llevó arrastrando hasta su casa. Desde entonces no ha dejado de estar triste, siempre al tope de drogado, nadie lo consoló, nadie dijo nada, y supongo que él nunca esperó algo, la gente siempre lo ha tratado mal. Cuando adoptó al perro eran ellos dos y nada más, ahora, sólo es él.

9 de julio de 2015

Asalto.

Entraron a la casa de madrugada. Tenían de memoria los corredores y los cuartos, sabían qué querían y donde encontrarlo. La abuela estaba sola. Viví con ella seis meses, que para cuidarla, pero no se dejaba. Vieja, amargada, católica.

A las diez de la noche me escapé de su casa, preferí salirme con una morena que me quería templar. Después de unas cervezas a la muchacha se le acabó lo guapa, se puso impertinente y chillona. La boté en su casa, la senté a lado de su puerta y caminé rápido hasta que dejé de escuchar sus insultos “¡Qué hijo de puta eres cabrón!”

Llegué en la madrugada: Ciento cincuenta pesos de taxi, ni un solo beso y oliendo a vomito de la loca. En la casa todo igual de rancio. Fue cuando desperté que no hallé a la vieja, durante una hora pensé que se había escapado, pregunté a los vecinos. Nada.

Entré a su cuarto otra vez, del enojo y angustia golpeé el closet junto a la puerta, escuché el chillido como de un animal moribundo, se me abrieron los ojos. Jalé la puerta del closet. La abuela estaba escondida y trabada del susto, le hablaba pero no respondía. La tomé por el brazo y se echó a llorar.

6 de julio de 2015

Dealer.

Su familia lo daba por muerto, desapareció cinco años y no avisó a nadie. El tipo era un parasito. Lo conocí en un hospital, sentado junto a mí comenzó a contar su vida, yo apenas hablé.

El negocio es fácil, me dice, te levantas tarde, te conectas, sales… A la hora que quieras prendes el celular, no pasan más de quince minutos cuando comienzas a recibir mensajes, el texto sólo dice el nombre del bar, lo demás lo debes saber tú. Era dinero rápido y sin esfuerzo. Tenía diecinueve años, con dinero, sin necesidades y ganas de fiesta. Después de dos años fue cuando se desapareció, todavía no sabe si creer cuando le dicen que se preocuparon por él. No sabe mucho, ya no habla con su familia.

“Me estaba cenando una cerveza, sintiéndome una basura, prometí que si al año siguiente seguía igual…me largaba.”  El año se cumplió, tomó sus cosas y se fue. Regresó a los cinco años. Serio, listo, uniformado. Se enrolo en la marina, a los pocos meses hizo examen a la universidad. “Ingeniería Mecánica Naval. Yo estudié esa madre ¿puedes creerlo?” 

El hombre tiene casi cuarenta, ese día sólo tenía que hacerse unos estudios.   

4 de julio de 2015

Nicotina.

¿Las mordidas dónde? me pregunta. “Donde quieras” le contesto.

Entrados en cerveza hablamos de sexo durante las últimas horas del bar. Punk de fondo, mucho cigarro. Miradas, risas, tonterías. El vomito en el suelo no importaba, en esas horas nos hicimos cómplices de nuestros quereres, dijimos cosas que ningún otro sabe, las pasiones duras, la carne, la adrenalina, drogas y hoteles. Entre alcohol todos oyen pero nadie escucha, lugar perfecto para ser quien se es.

Con dos dedos pone su cigarro en la boca, lo pinta de rojo, tiene los labios gruesos y una mirada viva. Bocanada honda. Escupe el humo y me señala con la colilla, luego me dice: Si una mujer se pone cinturón y te quiere dar por el culo… ¿le entras?

“¿Cuál mujer?” le respondo.

2 de julio de 2015

Jacobo.

Los gusanos no perdonan señor con suerte.
Mueres como el traidor de espalda ancha.  
Que no te extrañe el silencio,
no eres digno de lágrima derramar.  

1 de julio de 2015

Sentencia.

El padre de Julián se ahorcó en el cuarto de la azotea. Me conozco a Julián desde el bachillerato, siempre nos paseábamos en la parte trasera de la escuela, fumando, cortejando niñas, en esto último pocas veces teníamos éxito, éramos feos, pero aprendimos a disimularlo, él entró al equipo de atletismo y yo al gimnasio.

Para  iniciarnos en los hábitos carnales, el padre de Julián nos enseñó a leer poesía, nos hacía pararnos como soldados frente a una grabadora mientras recitábamos a Paz y a Guillen, luego reproducía la cinta para escuchar el cacareo. El viejo nos obligaba a repasar cada pausa y cada coma hasta el hartazgo, sólo así aprendimos a escribir y hablar con las mujeres.

Fueron sus dos hijas, Lucia y Cande, las que encontraron el cuerpo del señor, todo lo pensó bien y con paciencia, vestía con pantalón y zapatos negros, guayabera blanca. Amarró un lazo a una de las vigas del cuarto, se montó en un banco de madera y se dejó caer hasta la asfixia. Aunque todos andábamos tristes, a nadie le tomó de sorpresa la noticia. Dolores crónicos lo atacaban constantemente “Si un día ya no aguanto…” repetía siempre “…mejor me manto, antes que sufrir.”

Un día llego la hora y nos cumplió lo dicho.

Ef. 01

Ef. 01

Texto publicado con permiso del cliente. Elaborado en celebración a su matrimonio y el nacimiento de su primer hijo.

Entradas Destacadas...