13 de julio de 2015

Polilla.

La que atiende la librería de viejo tiene cara de ametralladora, pero la semana pasada me di cuenta de sus ojos.

Compré “Aura” de Carlos Fuentes, es la primera vez que les negocio algo, la librería ya está abierta cuando regreso de correr, y una vez pos semana me dedico husmear y perder el tiempo. Todos sus pasillos tienen un olor húmedo y picante que delata a las carroñeras, comprar algo allí equivale a ser un promiscuo sin condón. Plaga segura. En menos de un año todos mis libros estarían muertos por la infección.

Fue hasta la semana pasada que llegó un lote sano, sin mancha ni olor. Regresaba del parque cuando vi los paquetes, tres cajas pegadas en la entrada de hierro, carne virgen para las hambrientas.
Pedí permiso al dueño para revisarlas, es un viejo bonachón y sonriente, “Aprovecha, aprovecha…” me dijo. Decepción. Cuarenta kilos de superación personal, lo único brillante entre tanta carne de cañón era Aura. Creo que tomé el libro por sentir lastima al pensar en su destino, y no por las ganas de leerlo.

“¿Cuánto por Aura?” Tanto. “Le doy tanto…” Trato. Ella fue la que recibió el dinero, tiene las manos huesudas y pálidas, es muy delgada. Me regresó diez pesos por cambio, al darle las gracias la miré a los ojos: Grandes y brillantes, color miel. Se extrañó de mi sorpresa y juntó las cejas, reaccioné, para no hacer un ridículo, sonreí, alcé la mano y me despedí.

Hoy ando pensando en volver a la librería, pero no sé si lo quiero hacer por los libros o por sus ojos. 

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