17 de agosto de 2015

Maestro.


Siempre nos golpeaba con una regla, decía que era la única manera de  aprender sobre poesía, yo sigo sin creerle. El padre de Julián era un cabrón, serio, recto y con muchos libros encima, cuando falleció no hubo mucha sorpresa, se mató en el cuarto de la azotea, los dolores lo atacaban por días y en una ocasión prometió quitarse la vida si ya no aguantaba más, un día simplemente lo hizo.

En esos años de bachillerato Julián y yo queríamos hablar con todas, pero lo imbécil se te quita con práctica, y allí entra el padre de Julián, el señor Felipe. Para hablar con una mujer primero debes aprender a hablar, primera enseñanza. Nos obligaba a recitar poesía de Octavio Paz y de Nicolás Guillén, cada punto, coma, acento, pausa, todo una y otra vez.

Su enseñanza era militarizada: Parados y bien derechos frente a una grabadora de casete grababa nuestro recital, luego lo reproducía y nos obligaba a escuchar nuestro lamento de perros, por cada error  teníamos que cerrar  una mano uniendo la punta de los dedos y luego nos golpeaba con la regla de madera, no importa qué mano, al final de la clase las dos terminaban molidas. El record me lo llevé yo, veinte errores en un texto de setenta y siente palabras, la "Mulata" de Guillén sigue enterrada en mis uñas entre mugre y sangre.

No se puede extrañar a gente como él, vivió lo que quiso vivir y se fue sin despedirse. Otros se hubieran aferrado al sufrimiento, él sólo dejo la sentencia y llegado el día se apartó del camino. Incluso Julián lo anuncia con ese cariño adolorido de tanto verso, pero nunca ha dicho que preferiría esa historia de otra manera. "Buen callo nos dejó en los dedos el muy cabrón." Así lo recuerda Julián, así lo recuerdo yo. Cabrón.



Texto (sobre la muerte del padre): Sentencia - ERRR

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