22 de octubre de 2015

Acoso.

Hoy llegó alguien nuevo, un hombre de unos 60 años, cano, velludo, de una panza enorme y con el cuello lleno de verrugas peludas, no habló con nadie durante toda la sesión, todo un espécimen.

A veces en rehabilitación nos tratan como idiotas, pero lo entiendo porque muchas son señoras necias, y otros tantos son ancianos que se piensan con más conocimiento que el entrenador. Soy de los más jóvenes en toda la alberca, muchos no me hablan, saben que siempre ignoro sus quejas y sufrimientos vanos.

El nuevo se movía de manera muy torpe, como esas personas que nunca han usado sus piernas ni para dar un brinco, no presté más atención y me dediqué a lo mío: que párate, siéntate, tráela, que dame la pata, dame la otra, soy toda una mascota para mi terapeuta.

Me volví a encontrar con el viejo, se paró frente a mí cuando salía de las regaderas, dije buenas tardes y me aparté del frente, se acercó nuevamente cuando me vestía, sentó sus cosas junto a las mías, me miraba de manera sínica y violenta, fingía vestirse o arreglar sus cosas, pero se quedaba ahí desnudo entre su toalla, rascando su nariz y sus axilas, me puse serio, enojado, cuando lo miré de frente el hijo de puta se estiró el pene con la mano derecha, no hice nada, tomé mis cosas y me fui, un acto violento en el deportivo amerita expulsión inmediata, no pienso arriesgar la única oportunidad que tengo para recuperar mi rodillas, tanto enojo lo cargué todo el día, ya pensaré en algo la próxima vez que lo vea...  

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