5 de octubre de 2015

Perdones.

En el Café una mujer echó perfume sobre su hombro, aroma dulce con un cierto picor a canela, casi el mismo que usaba mi abuela, tengo que decir que semanas después de su muerte yo seguía escuchando el golpeteo de sus llaves, ese anuncio antes de abrir la puerta.

En esos años, no hace mucho, todo el tiempo me la pasaba imaginando el cómo huir de su casa, día y noche se arrodillaba - eso me fastidiaba-  frente al santo para renegar de la vida y dar gracias a Dios, ella era necia y católica, yo era niño e imbécil.

Era su cumpleaños el día que murió, me salí temprano y sin hacer ruido, me fui para el gimnasio, prefería dos horas de golpes en el Box que desayunar caldo de pollo y atole de avena, luego me iba de vago hasta el aburrimiento, y luego un poco más. Ese día fue viernes, cuando regresé ya estaba muerta, fin de la historia, mi par de tías en llanto, alternando sollozos  y gritos de rabia, estaban enojadas por mi abandono, no dije nada, tan alterados sin hablar o entre susurros,  al poco rato la ambulancia llegó por el cuerpo, todos ocupaban sus chamarras, bolsos y  autos, la caravana partió bien organizada sin mirar atrás, olvidando sobre la mesa el pastel con la vela del  "85", se puso agrio por el calor,  yo me encerré en mi cuarto, nunca salí.  

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