6 de febrero de 2016

Camila.


Carlos me pide mezcal, no tengo dinero. Me dice que vayamos a Calle Regina a robar, yo no robo pero lo acompaño. Una cuadra antes se quita el reloj y me lo da. Con el frío evitamos las tiendas, no nos gusta sacar cerveza, pesada y ruidosa que no te alivia la garganta. Espero unos minutos, él se adelanta, cinco minutos más y comienzo a caminar junto a los locales, la mayoría está poblado. Uno llama mi atención, fachada negra, luz baja y está fondeado con jazz, Mingus. Me tomo un asiento de sus mesas exteriores, todo de madera, incomodo. La gente está tranquila, varios hipster y una mujer delgada de falda negra y camisa blanca.

Pido dos mezcales a la mesera, tiene los labios pintados de rojo. Veinte pasos. Dos minutos. Cuando está de regreso me levanto para ir al baño, le bloqueo el paso a medio camino de mi mesa para pedirle una cerveza, oscura, ella asiente con mis dos mezcales en la mano, me sigo caminando.

Mientras orino observo los relojes en mi muñeca, el suyo tiene manecillas color marrón, el segundero flota suavemente con un detalle rojo en la punta de flecha que me parece relajante. Con el último chorro de orina me da un temblor en la espalda.

Tres minutos.

Hay una servilleta debajo de la cerveza, limones, sal y dos caballitos sin mezcal sobre la mesa. Alboroto. Llamo a la mesera y antes de preguntar una pareja que cuchichea y nos observa interviene: Un chavo llegó corriendo, se los tomó y se fue por allá...

La mesera no sabe qué decir.

Entre mal habladas intenta argumentar que debo pagarlos, ella sabe que no me va sacar nada. Enfadado, me voy del bar, me pierdo entre los que caminan y se ríen. Al otro extremo de Regina Carlos me está esperando para que vayamos a otro lado, de mi pantalón saco la cerveza y se la ofrezco, le da un trago y la regala a un loco que está pidiendo dinero.

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