21 de mayo de 2016

Esto va lento.

En el metro hay un güerillo que se hace el idiota, lo regentea un gordo mamalón que nunca da la cara en horas pico.

El que se hace el idiota ha de tener como unos 15, se deja el pelo largo, usa ropa aguada y carga con un letrero amarillo que dice: Advertencia, sufre de parálisis cerebral, y luego no sé qué... Y ya, con eso.

El chico se pasea por los vagones, gimiendo y balbuceando, haciéndose de una sonrisa con la que escurre baba. Luego se te queda mirando, se te acerca y si no dices nada, te acaricia la mano o te abraza. Buen negocio eso que hace.

Los pasajeros sacan monedas de donde sea. Gana bien el cabrón. Le dan dinero para que no los toque, por miedo, asco, o lo que sea. A él no lo importa.

Pero ya en poco meses se le acaba el chiste. Le empezó a salir barba y ya nadie le cree lo de la babosada. Al poco rato el gordo mamalón lo va correr y se va buscar uno más joven con el que pueda montar otro truco. Algo más duro, que impacte. Es un ojete al que se le ocurren muchas cosas para ganar dinero.

El metro sigue lento, se para, y en cada ocasión una grabadora dice que en breve se reanudara el servicio. Aprovecho para escribir estas cosas mientras que el güerillo se me queda viendo. Yo lo ignoro como siempre.

19 de mayo de 2016

Ruta 11

Subieron a robar el camión en el que iba. Lo de siempre. Uno adelante, uno atrás y el tercero recoge las cosas.

Muchos fingen no tener celulares, los esconden en su mochila o entre las nalgas. Con golpear al primero que dice: No traigo. El resto se espanta y coopera.

Algunos cargan con señuelos, teléfonos viejos e inservibles que donan a la causa. Yo no hago nada, con esta cara casi nadie me roba, y cuando pasa, pues pasa.

Esta vez, lo mismo. Los tres tipos gritoneando y violentando a las pasajeras. Fue distinto cuando reconocí al que recogía las cosas... Iba conmigo en la secundaria. Se hizo el tonto. Para no flaquear de maricón frente al otro par, a mí me gritó más, -¡¿Ya cabrón... o qué?!

En sus ojos había vergüenza. Mirada infantil.
Saqué mis cosas y las entregué. La mujer a mi lado apretaba sus manos y ojos, gimoteaba. Todo fue rápido, llegué a la hora de siempre a mi casa.

2 de mayo de 2016

Pasar de largo.

Una morena me saluda cuando nos topamos en la calle, eso me cae de raro, yo contesto el saludo sin más. Nunca he sido atractivo para las mujeres, cuando sucede intento no prestar atención. Soy torpe y nervioso. Después les comienzo a hablar de libros, olvido la primera intención. Se aburren y se van.

Ella es delgada, plana. Tiene una leve barriga que le resalta su cintura y las nalgas. Cabello colocho. La mitad de su cara es de un tono más oscuro que el resto de su piel, un gran lunar, nada fatal, una leve sombra que le resalta los pómulos y la sonrisa.

Ayer se acercó más. Olvidé mi comida sobre la mesa cuando salí de casa, tuve que comer en una fonda. Allí la descubrí de mesera, con delantal y toda la cosa. Me atendió. Pedí arroz, consomé y el resto. Cuarenta pesos. Antes de irme se atrevió a preguntar sobre la libreta que siempre cargo. Nada. Tonterías y fragmentos mal logrados de narrativa, cuentos y esas cosas. Ella se puso amarga, esperaba más plática o algo parecido. Yo estoy amargo. He notado como algo se está pudriendo acá dentro. Ahora que recuerdo, a mí me gustaba eso de enamorarse. Ver la cara de alguien, sentir esa angustia placentera que mezcla el miedo y la euforia.
No sé qué pasa. Lo que me pasa...

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